Soria en 1616 por Gil Gonzalez Davila

Gil González Dávila (Ávila, 1570 – ib., 1658) fue un historiador español, cronista de Castilla y de Indias, en tiempos de Felipe III y Felipe IV.

Nacido en Ávila, cursó sus estudios en Roma. Miembro de los dominicos, trabajó como archivero del cabildo de la catedral de Salamanca y fue un gran autor y de consideración en su tiempo y en el siglo siguiente. Más adelante, sin embargo, el estudio de otras fuentes reveló la falta de veracidad de sus noticias, así como el poco espíritu crítico que poseía. A partir de 1617, Felipe III lo nombra Cronista del Reino. Escribió algunas obras dedicadas a la historia local de varias ciudades, además de biografías de monarcas españoles y vidas de santos. En 1643, Felipe IV le nombra, además, Cronista Mayor de Indias, sucediendo a Tomás Tamayo de Vargas, que, en 1649, publicó el primer tomo de su “Teatro eclesiástico de la primitiva iglesia de las Indias“. En 1658 muere en su ciudad natal.

Felicidades para Victor y Ana

MartaHoy ha nacido Asier. Nos alegra mucho la llegada de vuestro hijo. Queremos celebrar con vosotros el feliz acontecimiento y deseamos desde la Asociación Barderas del Moncayo compartir vuestra inmensa alegría. También felicitamos a sus abuelos Serafín y Pili que estarán muy satisfechos de ver crecer, con salud, la familia de su hija.
Un beso muy fuerte para toda la familia.
La Junta Directiva de Barderas del Moncayo

Los carnavales

Dentro de dos días será Miércoles de Ceniza, que con el entierro de la sardina, marca el final del Carnaval y el comienzo de la Cuaresma, esto me trae el recuerdo del relato de Raimundo Lozano, en el que habla de cómo se eran los carnavales en Torrubia de Soria en los años 40-50, en plena posguerra.

“Semana, días jolgoriosos eran los carnavales. Prohibidos que estaba en toda España, decían, por eso de la guerra, mas no para nosotros. Eran la ventaja de vivir en un pueblo pequeño. La verdad que prohibidos sí que estaban. Cuanto menos, oficialmente. Días antes, tío Miguel, el pregonero, tirando de cornetín, metálico que era, muy sonoro, recorría las calles y plazas anunciando que tales festejos estaban prohibidos por orden del señor alcalde. Más nosotros sabíamos, chicos y mozos, que todo dependía de hablar con el alcalde y el cura, máximos responsables. El alcalde nos exigía, eso sí, que prometiésemos orden, y que le dijésemos quienes iban a ir totalmente disfrazados. Hecho que se cumplía, ya lo creo que se cumplía.

Aparte de los bailes de la tarde y noche, dos mozos el domingo de carnaval, y dos chicos el jueves anterior, se disfrazaban totalmente con calzones y camisa blanca llena de paja por detrás, en forma de giba, mascara, sombrero de paja, cinturón lleno de esquilas y cencerros, y un palo muy grueso con una suela de zapato sujeta con una cuerda, brincando, para así meter miedo a los niños que lloraban desesperadamente. Su cometido era simplemente recorrer todo el pueblo pidiendo dinero para sufragar los gastos, una o varias cenas en comunidad. Acabada la tarde, ya a cara descubierta, los mozos el domingo y los chicos el jueves anterior, íbamos de casa en casa pidiendo a modo de dádiva, para la cena comunitaria, que había de ser en una casa cualquiera de los disfrazados. Se recibía de todo, huevos, huevos, tocino, jamón, chorizo….

Entre semana, había bailes públicos, para así participar todos aquellos que deseaban sumarse a la juerga, a las fiestas. La cena, o las cenas, en la casa de los “zurroneros”, de los disfrazados. En el particular caso de los mozos, dos de los que ese año entraban en quintas. A esa singular pareja de disfrazados se les llamaba “zurroneros”, palabra inexistente en el diccionario, pero que venía llamándose así. Acaso desde tiempos remotos. Hoy, que precisamente no están prohibidos, estos peculiares festejos se han diluido. Cuando menos, han perdido eficacia. Probablemente por ser considerados demasiado rústicos. Vulgar eso de ir de casa en casa recogiendo unas monedas o unas carnes para una cena comunitaria. En la ciudad se celebran, si, mediante bailes en las discotecas, con disfraces que nada tienen que ver con aquellas algarabías y canticos a coro, como simulando a las primeras apariciones del hombre en la tierra. Pienso que el carnaval viene de las raíces mismas de la tierra, de tiempos inmemorables, acaso cuando las primeras apariciones del hombre en comunidad, en un claro intento de ser “otro”, y no siempre el mismo.”

Raimundo Lozano Vellosillo

“Rueda de sucedidos”