Tordesalas

Esto que aquí contempláis fue un castillo. De construcción manual a base de cal y canto, tal la muestra de esa esquina que aún sigue en pie desafiando al tiempo, la nieve y el paso de los años. Delgado, cuadrangular, muy estirado hacia arriba, como mirando el cielo. Seguramente habría ventanas por las que un centinela recibiría o daría contraseñas a esos castillos de Noviercas y Peñalcazar, que el enemigo africano era numeroso y sanguinario, especialmente dirigido por un tal Almanzor,  del que dicen que arrasaba todo cuanto encontraba a su paso.

Tordesalas era entonces un grupo de casas con labradores, ganaderos y pastores, que la tierra es llana, donde además de buen trigo se dan bien las sabinas, los tomillos y las aliagas. Y un poco más allá la sierra del Costanazo, las encinas, las liebres y perdices, la buena caza.

Casi nada ha quedado de esto, es cierto. Las gentes emigraron, las casas vacías se hunden, y del colosal castillo sólo queda en pie una esquina, como salvada de las cenizas, de los perseguidores, rastros de la demolición, con la iglesia y la torre medio derruidas. ¡Cuántas aventuras y desventuras por estas calles, por estos carasoles y estas sombras!

La tierra con los cereales y los montículos con tomillos y aliagas existen. El Moncayo es una mole de montaña enviándonos vientecillo que acaricia, medio año nevado. El Costanazo devolviéndonos ecos de pisadas y graznidos de cuervos y urracas, y un suave olor a monte y espliego que reconforta.

En esta soledad, esa fina esquina del castillo eficazmente construido por profesionales albañiles, como un halcón desafiando al tiempo, espejo y guía de visitadores con cámaras fotográficas. Nadie olvidará su estructura cuando sea observado aunque sea por una vez. No hay indicios de que Almanzor se acercare por aquí.

No recuerdo cuando visité por primera vez este pueblo, este castillo, ni tampoco sé quién fue el alquimista que pergeñó este singular castillo. Probablemente un amante de la construcción bien hecha, con elementos naturales, y una sensibilidad curiosa e inagotable. Sin hierros ni cemento, coleccionista de volúmenes, siempre mirando al cielo.

 

Raimundo Lozano Vellosillo

“Soria en la Retina”

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