El Alcalde y Margarita

Por cortesia de la WEB MONDELOPRESS.COM del autor Desiderio Mondelo Valencia

Nunca tuvo don Quijote cuando salía a sus aventuras tanta expectación como la que acaparó el pasado 28 de marzo Raimundo Martínez saliendo hacia Calatayud. Aunque bastante de quijotesco tiene el empeño de este alcalde de 67 años que, en exigencia de soluciones para la despoblación rural, hizo a pie el camino desde su pueblo, Torrubia de Soria, hasta la estación de tren bilbilitana. Una distancia en kilómetros -unos sesenta- que casi, casi es la misma que habitantes quedan en Torrubia; y que, si nadie le pone remedio, en breve la superará.

A “Manzanillo”, apodo con que le conocen en el pueblo que rige desde hace nueve años, la despoblación le duele más que la cornada que recibió en una de las dos ocasiones en que se vistió de luces. Aunque reconoce que la fama que no le dieron los toros se la ha brindado una burra, Margarita. Porque con ella partió para tomar el ferrocarril a Madrid y participar en la Revuelta de la España Vaciada, manifestación convocada por Soria Ya y Teruel Existe que este 31 de marzo a congregó a 50.000 personas, según la Delegación del Gobierno. Clamaban contra el abandono del interior de España, que pierde cinco habitantes por hora, calcula el Instituto Nacional de Estadística, que advierte de que casi 5.000 de los poco más de 8.000 municipios del país están en peligro de extinción. Cifras de hace dos años, que han ido sin duda a peor.

Raimundo sabe que para ilustrar un problema, nada como una imagen que lo simbolice. Por eso pidió a un amigo que le prestara a Margarita. El asno encarna a la vez el esfuerzo en el trabajo, la prudencia en el andar y la injusticia de ser despreciado sin motivo. También es paradigma del abandono en las comunicaciones que padece el mundo agrario, despojado de vías férreas en beneficio del AVE y de autobuses que transiten por esas carreteras secundarias ajenas al mantenimiento de las grandes autovías. El burro ejemplifica hasta tal punto lo rural que, al igual que los humanos que habitan ese medio, también él desaparece, sin que en el estrépito ensordecedor de las ciudades parezca importar a nadie que se acaben los rebuznos y callen los campanarios.

El reclamo de la burra funcionó y una multitud de periodistas acudió a Torrubia de Soria, lo nunca visto en un pueblo sin bares, farmacia, niños ni matrimonios en edad de tenerlos, y cuyos habitantes no pueden darse el lujo de ir al médico más que un día a la semana, que es cuando tienen consulta. Peor que en el siglo XIX, cuando residía allí el doctor Francisco Esteban en una casa convertida en museo porque en ella nació en 1841 su hija Casta, que con el tiempo se acabaría casando con uno de sus pacientes, un poeta con mala salud llamado Gustavo Adolfo Bécquer.

Cámaras de televisión y fotos despiden a la salida del municipio a Raimundo y Margarita camino de Calatayud. Le acompañan dos viejos amigos –Antonio Maestro, de 73 años, y Hermenegildo Hernando, de 69- y uno nuevo, el fotógrafo Mondelo, reportero y coautor del libro Hermano asno.

Su primera parada llega a los pocos kilómetros, en un paraje que ejemplifica a la perfección la desolación rural. Tordesalas, en la época en que anduvo Bécquer por Soria, era un municipio con centenar y medio de pobladores. Ahora se cuentan con los dedos de una mano y dependen del Ayuntamiento de Torrubia, cuyo titular elige para almorzar el arcén de la antigua estación ferroviaria. El edificio está en ruinas, después de que en 1982 dejara de pasar el tren entre Santander y Sagunto. Allí acudía Raimundo con sus animales -siempre ha sido ganadero y tiene ochocientas ovejas- a recoger pellejos de vino que cargaban los vagones.

 

Está en proyecto que el antiguo trazado férreo vuelva a traer beneficios, ahora como Vía Verde que atraiga turistas en bici. Ya se han acondicionado diez kilómetros de ruta hacia Calatayud, hacia donde prosiguen Raimundo, Margarita y compañía tras dar cuenta del almuerzo.

La primera etapa del trayecto termina en Malanquilla, ya en jurisdicción zaragozana, que recibe con su famoso molino  del siglo XVI a los quijotescos caminantes y su rucia. Aunque para recibimiento de veras, el de los hospitalarios dueños de un hostal de nombre también cervantino, La Venta, abierto ex profeso para Raimundo y sus acompañantes de dos y de cuatro patas, a quienes brindan el cariño del centenar de vecinos malanquillanos.

Al día siguiente temprano se marcha la comitiva en ruta hacia Villarroya de la Sierra, donde la acogida no es menos entrañable. Rosa, directora de la residencia geriátrica Virgen de la Sierra, sale a la carretera junto a varios empleados y paisanos para invitar a comer a los caminantes junto a los ancianos alojados en el centro. Serán ellos quien les regalen otro recuerdo imborrable: una sesión de jotas como es debido, de esas que salen del alma y llegan hasta la propia.

Pero hay que decir adiós porque la etapa prosigue. Termina en otro lugar, Cervera de la Cañada, cuya inigualable iglesia fortificada de Santa Tecla,  Patrimonio Mundial de la Unesco, es el mayor orgullo de los trescientos lugareños. Medio centenar de ellos aguardan a los viajeros con pancartas y jotas de bienvenida. Y niños entre ellos; niños, tan escasos en todo el camino que llama la atención verlos. Pequeños interesados en las peripecias de los caminantes, al igual que José Manuel Aranda, alcalde de Calatayud, que comparte con Raimundo militancia en el PP y apoyo a la Revuelta de la España Vaciada.

De hacer memorable el paso por tierra cervereña terminan de ocuparse el restaurante El Ciervo y su  inmejorable trato a los viajeros, que se van a dormir al albergue llevándose como obsequio unas cajas de vino de la cooperativa local, la bodega San Gregorio, una de las que están dando fama a la denominación Calatayud.

Todo viaje tiene fin, por grato que nos resulte. Este acaba al tercer día, tras recorrer un paisaje muy distinto al precedente. Se nota la cercanía de Calatayud, con 20.000 habitantes cuya laboriosidad queda patente en la extensión de almendros y frutales que circundan la ciudad. Ya cerca de ella, el dueño de una de esas fincas, Ventura Marco, expresa a los caminantes su apoyo de la mejor manera que sabe: con frutos de sus cosechas.

En los últimos kilómetros se les sumará de nuevo el alcalde Aranda, para dar máximo rango a la entrada a Calatayud. Allí se sentirán en casa hasta que llegue el adiós.

Raimundo coge el domingo el AVE para marchar a Madrid y Margarita se vuelve a Torrubia con su dueño. Los burros son el polo opuesto de la alta velocidad y no acaban de encajar dentro de las  grandes urbes. Después de la histórica manifestación del 31 de marzo, cuyo manifiesto hace referencia al esfuerzo del alcalde y Margarita, habrá que ver si las cosas siguen siendo así también para la España rural o si las ciudades vuelven por fin la mirada al creciente despoblado que las rodea y dejan de vivir de espaldas al mundo del que se nutren.

Desiderio Mondelo Valencia

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