Enfermedad y muerte de Leonor Izquierdo

Por Jose Javier Romera Molina

14 de Julio de 1911.

Mientras París celebra en una espiral de locura y alegría su fiesta nacional, Leonor tiene los primeros vómitos de sangre. Desesperado, Antonio corre en busca de un médico que no encuentra. No sabemos los contactos que le fueron facilitados, pero si sabemos que al día siguiente, 15 de Julio, Leonor queda ingresada en el hospital de San Lázaro y atendida de todos los cuidados necesarios. La estancia de la enferma durará 55 días, al cabo de los cuales el matrimonio regresa a Soria. Corren los primeros días de Septiembre de 1911. Pero ¿Cómo empezó todo? En una mañana de los primeros días de Julio, días en los que el matrimonio se complacía en planear sus vacaciones, don Antonio marchó a sus quehaceres y Leonor quedó terminándose de arreglar para salir a sus compras. Quedaron en encontrarse en el lugar habitual. Salió, fue a hacer sus provisiones a los establecimientos conocidos. Le quedaba sobrado tiempo hasta reunirse con su marido y lo aprovechó para ir a los grandes almacenes “La Samaritana”, en la orilla derecha frente al puente nuevo. Era un placer que sólo podía lograr estando sola donde Antonio sólo entró una vez y quedó mareado y cansado. Leonor recordaba que hizo alguna compra. Se distrajo. Cuando se dio cuenta de la hora salió precipitadamente. Llovía. Cruzó el puente. Se disponía a tomar un coche para que don Antonio no se impacientara, cuando advirtió que había perdido el bolso. Se sobresaltó. Sin pensar más, volvió a cruzar el puente, entró en La Samaritana, y preguntó en las secciones en las que se había detenido. Nada. El bolso se había perdido, o se lo habían quitado. Quedó anonadada. Era muy tarde. Llovía con fuerza. Y se dio la caminata angustiada, chorreándole el agua; sudando del sofoco. Cuando don Antonio la vio en tan deplorable estado quedó anonadado. Hubiera necesitado gritar y la estampa angustiada de su mujer se lo impedía. Le pidió que se serenara, que no hablara. Tomaron un coche y regresaron al hotel. La hizo cambiar de ropa, entre sollozos y estremecimientos. Mientras tanto, él hizo café, que ella bebió a pequeños sorbos. Mientras don Antonio trataba de secar aquella amada cabeza. Dijo con ternura: “Dime hija mía ¿Que te ha ocurrido?”. Cuando se enteró no pudo contener su indignación: ¡Y todo por un maldito bolso! – Antonio era el que tú me regalaste…la indignación se canalizó en risa – y contemos que Machado en muy contadas ocasiones rio, pero la risa quedó cortada. Leonor, no reaccionaba. Don Antonio la tomó en sus brazos. Quería darle el calor de su cuerpo. Durante unos días Leonor no se encuentra bien. Don Antonio redobla sus cuidados y ternuras. Ha encarecido a su mujer que olvide la pequeña peripecia. En cuanto cobre fuerzas, saldrán juntos a comprar otro bolso. Pero ya no tendrán ocasión de hacerlo porque el 14 de julio de 1911 – precisamente en esa fecha en que París parece perder la razón entre músicas y bailes populares -, Leonor sufre la primera hemoptisis. Don Antonio recorre su más doloroso vía crucis en busca de un médico. Nunca en su vida se sentirá más solo que hoy entre la multitud. Alguien sin embargo, ha debido tenderle la mano, y realizar unas gestiones oportunas. Sentimos no poder conocer su nombre. Pero sabemos que al día siguiente “15 de julio”, fue trasladada a la Maison Municipale de Santé, rue du Faubourg, St Denis, 200, donde quedó debidamente instalada y atendida. Precisamente, dos días después Machado escribe a Rubén Darío: “Querido y admirado maestro: Una enfermedad de mi mujer, que me ha tenido muy preocupado y convertido en enfermero, ha sido la causa de que no haya ido a visitarle como le prometí. Afortunadamente, hoy, más tranquilo, puedo anunciarle mi visita para dentro de unos cuantos días, a fin de semana. Le quiere y admira”. Antonio Machado.

Partida de Bautismo cedida por Jose Gil Santander

En vano resultaron los esfuerzos del poeta sevillano. Al regreso del matrimonio de Paris, Leonor venia enferma de hemoptisis. El 14 de Julio de 1911, comienzan los primeros vómitos de sangre. De vuelta a Soria, Antonio, empuja la silla de una inválida por la cuesta del Mirón, tratando de airear los pulmones de una joven que con 17 años, se moría a chorros. La primavera, no quiso hacer el milagro y el Jueves, primero de Agosto de 1912, mientras Soria entera está engalanada por la visita de la infanta Isabel, mientras la ciudad se llena de banderas y estandartes, Antonio, sale de la pensión y se dirige hacia la calle Zapatería, en busca de Don Isidro Martínez, párroco de La Mayor, para que asista espiritualmente a la enferma y le pueda ser administrado el Santo Viatico en su agonía. Testimonios de la época, aseguran que al poeta, daba pena verlo. Andaba con pasos torpes y vacilantes y tenía lágrimas en los ojos, lágrimas de tristeza y desconsuelo. Unas horas después, a las diez de la noche de ese mismo día, Leonor, entra en un colapso. El cuadro médico presenta vómitos, bradicardia, insuficiencia respiratoria y pérdida del conocimiento. Así se apaga una vida con 18 años recién cumplidos. La muerte no perdona… mi mujer, dice en una carta a Rubén Darío, era una criatura angelical, segada por la muerte cruelmente… yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir… El tres de Agosto, tras oficiarse misa de honras fúnebres en Santa María La Mayor, Leonor, es conducida en una caja blanca a la sepultura número 432 del cementerio católico, siendo trasladados sus restos en Mayo de 1938, al lugar que ocupa actualmente. El poeta, se marcha de Soria, con su madre Ana Ruiz, en un tren que partía hacia Madrid unos días después. Ya no puede soportar el dolor de una Soria sin Leonor y Doña Isabel Cuevas, pierde a su niña del alma, a su Leonorina, como gustaba llamarla. Poca, muy poca suerte tuvo Doña Isabel con sus tres hijos, porque a los tres los vio morir. Tras Leonor, vendría la muerte de Antoñita con 38 años y luego la de Sinforiano. Era Doña Isabel, mujer de hondas raíces religiosas, muy trabajadora. La vida, no la trato bien. Ya de viejecita, tuvo que irse a la calle de San Juan. Allí pasaría los últimos años de su vida, levantándose todas las mañanas a las cinco, para ir a rezar a las Siervas de Jesús y luego a las labores del hogar. Tenía en el recibidor de su casa, un retrato de su Leonorina y un ejemplar de Campos de Castilla, con la dedicatoria del poeta… A mi Leonorina de mi alma, Antonio. Todos los días, Doña Isabel, cuando ya casi había perdido la vista, besaba el libro y recordaba a Don Antonio, que tanto quiso a su niña. Tampoco tuvo fortuna con su matrimonio. Era Ceferino Izquierdo, cabo retirado de la guardia civil, con un carácter muy disciplinario y violento, que abusaba del alcohol frecuentemente. Fue por ello, que a Ceferino, se le sanciono militarmente con un expediente, por su mala conducta en el cuerpo. Aquí os dejo todos los detalles del expediente. En 1900, había cumplido los 12 años comprometidos desde día de su nombramiento con guardia 2º (1888), por lo que se le concedió el 1º galón de distinción por llevar 12 años de servicios. Figura en la ficha que el año 1900 lo finalizó en el puesto de Monteagudo como comandante de puesto del mismo, debe referirse al castillo de Monteagudo de la Vicaría (Soria), que debió ser, supongo, casa cuartel como también lo fue el castillo de Almenar. En 1902, vuelve a firmar otro compromiso de cuatro años y nuevo reconocimiento facultativo, se le pagan 125 pesetas de la primera cuota y la 475 al finalizar el compromiso. El año 1902, lo finalizó en el puesto de Monteagudo. El 31 de mayo de 1903, pasó al puesto de Ciria. Se le autoriza a usar la Medalla de Alfonso VIII. El 29 de diciembre de 1903, pasa al puesto de la capital de Soria para cumplir seguramente en los calabozos un arresto de dos meses, donde finalizó el año, por causas que se desconocen. La familia no lo debió pasar muy bien, porque un arresto, indirectamente también lo paga la familia. Cumplido el arresto de los dos meses el 29 de febrero de 1904 pasó destinado al puesto de Gómara. En 1906 volvió a pedir un reenganche por de otros cuatro años más. Hallándose en el puesto de Gómara, cansado de tantos destinos y de la dura y sacrificada vida militar de aquellos años, y mala paga, y viendo poco porvenir para sus tres hijos: Leonor de 13 años, Sinforiano, de 10 años (observar que llevaba él con el mismo nombre del abuelo paterno) y Antonia de pocos años, pide la licencia absoluta y se la conceden el 31 de agosto de 1907 (día de San Ramón Nonato). Figura anotada en su ficha y firmada por el 2º Jefe Accidental, Narciso Hernández Hernández. Llevaba casi 22 años de servicio, le contaba los años del Colegio. Tenía 37 años de edad. Después de licenciado, la familia Izquierdo Cuevas se trasladan desde Gómara a Soria y cuando el matrimonio Isidoro Martínez Ruiz y su esposa Regina Cuevas Acebes, hermana de Isabel Cuevas, deciden cerrar la pensión de la calle Collado 54, los Izquierdo abren otra pensión en c/. Estudios, 7, esquina Teatinos a donde también se cambiará Antonio Machado, que se hospedaba en la pensión de Isidoro, y además acababa de llegar en octubre al Instituto de Soria con su cátedra de francés. No sabemos a qué se dedicó Ceferino Izquierdo, le debió quedar un ridícula pensión, posiblemente se quedará como conserje y recepcionista de su propio negocio; tampoco sabemos en qué fecha falleció. Esto queda para algún investigador audaz que tenga ganas de trabajarse el Registro Civil de Soria. A Ceferino no le consta en su ficha un ascenso a sargento como se le suele atribuir en los libros consultados, se quedó en cabo, la posibilidad de un ascenso honorífico no es muy probable, teniendo en cuenta que la licencia fue voluntaria. Sirva este articulo como homenaje a Doña Isabel Cuevas y sirva también para dar luz a lo que la naturaleza se empeñó en eclipsar, ordenando a la inmisericorde tuberculosis cobrarse una nueva víctima y privando de la vida a una niña con tan solo 18 años.

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Un comentario sobre “Enfermedad y muerte de Leonor Izquierdo

  1. Seguimos trabajando en nuestra Asociación Barderas del Moncayo en la difusión de todo tipo de vivencias de personajes importantes que afectan a nuestra tierra. Es pura cultura que sirve para ampliar nuestros conocimientos de hechos desconocidos para nosotros. Sigo agradeciendo todo el esfuerzo que realizan nuestros socios Jose Carlos y Pepe Gil. Merece mucho la pena nuestra labor de investigación.

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